Tuesday, July 15, 2008

Para Entender el México de Hoy (Parte 19)

CONTRIBUCIÓN
AL ESTUDIO DEL HOY EN
LA HISTORIA DE MÉXICO.

(Parte XIX)

Por: Gabriel Castillo-Herrera.

Los jóvenes revolucionarios que habían participado en el fallido asalto al Cuartel de Moncada partieron a México; ahí fueron detenidos y puestos a disposición de las autoridades migratorias por no cumplir requisitos que la legislación mexicana exige a quienes proceden de otras naciones y se encuentran sobre suelo nacional; no se les fincó responsabilidad alguna por sus actividades encaminadas a derrocar a la dictadura pro yanqui que gobernaba su país de origen, actividades que el gobierno mexicano no ignoraba.

El ex militar Fernando Gutiérrez Barrios, encargado de detectar y combatir desde las instancias gubernamentales a los grupos llamados “subversivos”, encarnaba –en lo individual- la política que el gobierno practicaba –en lo social- hacia los movimientos democráticos y de izquierda de diversos matices: intolerancia ante los brotes internos y desentendimiento (y a veces simpatía o complicidad discreta) hacia los externos. Fingía ignorar que desde las costas mexicanas se preparaba una invasión a Cuba.

Arriba dije: “intolerancia ante los brotes internos…”; sin embargo, la intolerancia también era selectiva. Nadie podría negar que connotados hombres de izquierda, comunistas, sobre todo en el área intelectual y artística gozaron del apoyo del gobierno para la difusión de su obra y jamás fueron sujetos de persecución: Diego Rivera, quien alojó a perseguido Trotzky en su casa, plasmó gran parte de su arte en los muros de edificios que albergaban dependencias de gobierno. David Alfaro Siqueiros, quien planeó y llevó a cabo una intentona de asesinato contra el mismo personaje de la Cuarta Internacional, salió airoso del suceso; y no fue sino hasta años después, cuando el Estado mexicano se endureció que pisó la cárcel. Los hermanos Revueltas –salvo el menor, José, el escritor, quien hacia sus últimos años de vida se “preciaba” de haber pasado más tiempo preso que en libertad- jamás fueron perseguidos por su militancia comunista. Pero la fortuna de los artistas “mayores” no fue compartida por varios periodistas, dirigentes obreros, estudiantiles y campesinos que fueron a parar con sus huesos al “palacio negro” de Lecumberri (el mayor centro penitenciario del país, hoy sede del Archivo General) y –como en el caso del dirigente campesino Rubén Jaramillo- a sitios para el descanso eterno, víctimas de asesinatos dictados desde las más altas esferas de gobierno.

Pero volvamos. El primero de enero de 1959, el presidente cubano Flulgencio Batista abandona el país. El movimiento revolucionario ha triunfado. Conforme la revolución se va consolidando, va afectando intereses económicos del gran capital tanto nacional como extranjero, principalmente, norteamericano. Y aunque por todo el orbe se manifiestan movimientos independentistas y anti imperialistas –pacíficos y armados- los Estados Unidos de Norteamérica no están dispuestos a soportar a un enemigo a unos cuantos kilómetros de sus fronteras (amén de que, en lo interno, enfrentan un fuerte movimiento contra la discriminación racial, y en lo externo una guerra en Asia); comienzan a apoyar y financiar a grupos cubanos anti revolucionarios para recuperar sus privilegios e intereses en la isla.

El dirigente revolucionario Fidel Castro se declara “marxista- leninista” y Cuba se muestra como el centro de la disputa entre dos mundos: el socialista y el capitalista. Y, específicamente, la pugna entre los Estados Unidos y la URSS, la que alcanza niveles insospechados en la llamada Crisis de los Misiles durante la cual se pone en peligro la propia subsistencia de la especie humana sobre la Tierra. El presidente John Kennedy lanza un demencial ultimátum –demencial en el sentido de no alcanzar a comprender lo que significaría desatar una guerra atómica- y Jruchov cede: retira los misiles de Cuba; no así su apoyo político, económico, técnico y militar no atómico.

Todo ello se traduce en dos consecuencias: por un lado, crece la influencia ideológica del socialismo en los países dominados por el imperialismo; por el otro, el endurecimiento de las políticas contra los llamados movimientos subversivos, principalmente en América Latina. Desde luego, en México.

Los Estados Unidos mandan “ayudas” económicas a toda Latinoamérica para aletargar las inconformidades sociales y el espectro del mal ancestral: el hambre y las enfermedades. Pero también remiten “ayuda” militar para preservar el orden (sus intereses económicos). Por toda América Latina (y en Asia y África) surgen movimientos guerrilleros; pero también asesores militares y agentes de la CIA.

En México se dan dos vertientes de lucha. Una, citadina y de la clase media ilustrada, que cree que los cambios sociales aún pueden darse dentro de los cauces –llamémosles- legales; se creía que por haber tenido lugar revolución con fuerte esencia anti imperialista (la de 1910) y por haber en el grupo gobernante gente de pensamiento avanzado los cambios podrían darse mediante la organización y presión social y el reclamo de derechos establecidos en la Constitución emanada de aquella revolución. La otra vertiente, campesina, con una visión más pragmática que ideológica, hacía mucho que había dejado de creer que se le haría justicia: 500 años de experiencia lo constataban. Aquella revolución se había hecho en su nombre y sin embargo continuaban –como continúan- siendo los condenados de la tierra desde 1521; los que se encontraban en medio de una lucha perenne entre criollos y mestizos tal y como había sido desde aquel lejano 1810. Ellos, los indígenas, que ocupan el último estamento de la pirámide social construida con la argamasa de dos instituciones, una venida de la Europa feudal y otra autóctona precolombina: el vasallaje y el cacicazgo. Para ellos no hay más camino que la guerra endémica.

Así que en el México de la década de los sesenta confluyen una serie de factores externos e internos, y en estos últimos se generan contradicciones de diversos matices que inciden en lo social y lo económico y determinan lo político.

Destinamos un buen espacio de estas reflexiones para resaltar el carácter preponderante del capitalismo monopolista de Estado a partir de la expropiación petrolera; luego, se adquiere la electricidad, los transportes férreos, la industria del acero, minas, transporte aéreo, teléfonos, etc. Insistimos en que en esta forma de economía la apropiación de la plusvalía es social, en tanto que en el capitalismo de libre empresa –el clásico- la apropiación es netamente privada. Y a cada una corresponde una forma de hacer política, pues ésta no es sino la forma en que se manifiestan los intereses económicos de clase en cuanto asunto de poder.

En el norte del país empiezan a consolidarse poderíos económicos privados (agrícolas, ganaderos e industriales) que entran en franca contradicción con el carácter monopolista del Estado mexicano. El presidente de la República es Gustavo Díaz Ordaz, un anti comunista furibundo, muy católico, a quien hoy se tiene identificado como agente de la CIA desde su encargo como Secretario de Gobernación (Ministro del Interior) en el sexenio anterior y que –sin embargo- se sujetaba al tipo de economía practicada por el gobierno (extraño contrasentido), se encontraba a poco más de la mitad de su mandato; como se dice en México, “el gallinero comenzaba a alborotarse” con la sucesión presidencial y los grupos emergentes mencionados al principio del párrafo buscaban un ariete que los condujera al poder político. Sin embargo, en el partido de Estado (el PRI) se dudaba entre la continuidad y la reforma, puesto que el edificio del “milagro mexicano” en lo social mostraba desde años atrás fuertes grietas: huelgas de trabajadores legítimas declaradas ilegales, movimientos sociales reprimidos, restricción de libertades; perseguidos y presos de conciencia. El gobierno justificaba tales acciones amparándose en una legislación de coyuntura aprobada en tiempos de la Segunda Guerra Mundial para impedir la infiltración fascista y que nunca se derogó. Se tipificaba como “delito de disolución social”, ahora se utilizaba como arma para combatir a quienes –según criterios de la CIA y funcionarios mexicanos serviles- eran comunistas, que lo mismo pudiera ser alguien sorprendido haciendo una “pinta” contra la guerra en Viet Nam, un manifestante contra el alza de tarifas de los autobuses urbanos, un militante del Partido Comunista “por habérsele encontrado en posesión de propaganda comunista”, o un huelguista que se resistía a acatar un dictamen contrario a sus demandas laborales.

En ese ambiente en que inciden factores internos y externos, el 26 de julio de 1968, durante la conmemoración del movimiento emancipador cubano, los sectores más reaccionarios insertos en el gobierno mexicano y los grupos económicos ansiosos de poder aprovechan la confluencia de una marcha convocada por grupos estudiantiles universitarios y el Partido Comunista Mexicano con otra de menor participación, convocada por una central estudiantil afín al gobierno, que protestaba por la intromisión de la policía –días antes- en una escuela politécnica por un asunto de disputa callejera con alumnos de una escuela particular. Las autoridades policiales inventaron –literalmente, inventaron, pues no sucedió así- que las dos manifestaciones se enfrentaron por lo que se hizo necesaria su intervención para restablecer la calma (que ellos, los granaderos, rompieron a golpes de macana). Se allanó la sede del Partido Comunista y se exclamó con simulada sorpresa que “se encontró propaganda comunista” (lo sorpresivo hubiera sido encontrar ejemplares de la Santa Biblia y de El Sermón de la Montaña, ¿no cree usted apreciable lector?).

Como en esos días no existía en México prensa opositora (el papel periódico era parte del monopolio estatal), salvo contadísimas excepciones que se podían contar con los dedos de una sola mano (y sobraban dedos), al día siguiente se comenzó a difundir que México formaba parte de una conjura comunista internacional y que la víspera había sido detenida.

En los días siguientes se fue organizando la huelga estudiantil general (Universidad Nacional Autónoma de México y el Instituto Politécnico Nacional) a la que se fueron sumando otras escuelas superiores y uno que otro sindicato menor independiente, ya fuera con carácter activo o que manifestaron su solidaridad.

Se había destapado la caja de Pandora del sistema político mexicano.

Para Entender el México de Hoy (Parte 18)

CONTRIBUCIÓN
AL ESTUDIO DEL HOY EN
LA HISTORIA DE MÉXICO.

(Parte XVIII)

Por: Gabriel Castillo-Herrera.

Ya hemos dicho que así como la vida de un individuo no se explica aislado de su entorno o por la conciencia que tenga de sí mismo, la historia de un país no se explica, tampoco, fuera del contexto mundial ni por lo que sus pobladores crean de sí.

Y, bien, ¿cuál es la correlación de fuerzas que priva durante esa primera mitad del Siglo XX?

Después de dos guerras el mundo queda dividido en dos grandes esferas y –después de un “experimento” macabro- surge la amenaza de que humanidad entera quede reducida a un montón de cenizas: desde una altura de diez mil metros, el Enola Gay inaugura una época de angustia: la bomba atómica ha sido utilizada. La ciencia se convierte en un instrumento para destruir y no para construir futuros promisorios para el Hombre.

En unos cuantos instantes, más de 100 mil personas –utilizadas como “conejillos de indias”- son aplastadas por la estupidez. Aún así, el presidente Truman (que Dios lo tenga incinerándose en los infiernos por los siglos de los siglos) y su corte de militarotes tienen el descaro de insinuar que su instrumento es “La Bomba de la Paz” bajo la justificación de que con ella se daba fin al último bastión del fascismo. Ruin argumento: Japón estaba a punto de capitular.

Más que nada fue una demostración de fuerza y una velada advertencia para el “aliado” bolchevique: “…si los ejércitos de Hitler, aún habiendo cobrado la vida de 20 millones de soviéticos no fueron capaces de acabar con ustedes los comunistas, nosotros, con nuestra nueva arma, sí”.

Y desde esa perspectiva habría que entender la decisión de Stalin de abandonar la senda del internacionalismo, motivo de la pugna con Trotzky, y que vino a motivar la muerte de la Tercera Internacional. Y más allá: las salvajes purgas iniciadas por el primero.

Pero si la bomba atómica en manos de un solo país dejaba al mundo a expensas de un puñado de militares y negociantes hambrientos de materias primas ajenas y fuentes de energía (como lo sigue siendo el petróleo), en manos de dos naciones lo partió en dos. Pronto la Unión Soviética desarrolló la propia.

El orbe partido en dos bloques: el “Mundo Libre” y el “Mundo Comunista”.

México queda en la esfera de influencia de los Estados Unidos. Queda inserto en el “Mundo Libre”. Como tal, y al igual que todos los países al sur del Río Bravo, es conminado a cubrir su “cuota” para preservar el orden anticomunista: sobran antecedentes –como hemos referido- de la intervención norteamericana tanto militar como la soterrada con miras a desestabilizar al país.
Ya mencionamos que el golpe de Estado contra Francisco I. Madero fue fraguado desde la embajada norteamericana; pero no dijimos el motivo: el presidente mexicano pretendía aplicar impuestos a la explotación del petróleo, el cual se encontraba en poder de compañías –recuérdese- norteamericanas, inglesas y holandesas.

En 1914, Estados Unidos invade Veracruz para impedir que Venustiano Carranza, alzado contra el gobierno de facto representado por el asesino de Madero, reciba armas enviadas por Alemania.

Con la promulgación de la Constitución de 1917, surgida de la Revolución, y en la cual se determina que todos los bienes que se encuentren en el subsuelo (el petróleo y las minerales) son propiedad de la nación), lo que constituía de jure una nacionalización del petróleo, el gobierno norteamericano se inconforma y presiona para que no surta efecto; de hecho, conspira para acabar con el revolucionario mexicano.

Muerto Carranza, Estados Unidos presiona a su sucesor, Álvaro Obregón, para firmar los Tratados de Bucareli mediante los cuales se difiere la aplicación del Artículo 27 constitucional que da pié a la nacionalización, condena a México a indemnizar con petróleo y a suspender el cobro de impuestos aplicado por Carranza.

Ante estos hechos, la gesta llevada a cabo por Lázaro Cárdenas, aprovechando la situación mundial de pre guerra, alcanza grandes alturas.

Y por ello, la nación de Anahuac vive una situación de privilegio que no comparten los países hermanos de Centro y Sudamérica: tiene petróleo nacionalizado –sería diferente de pertenecer a la iniciativa privada, la burguesía; que, como dijera Marx, “no tiene patria”- y muy cercana mano de obra barata que los norteamericanos necesitaban. Esto –aunado al hecho de que merced a la Revolución el ejército se encuentra acuartelado y controlado por la institución presidencial- permite que el país se libre de correr la suerte de los países vecinos del sur: los gobiernos “títere”, ejercidos por militares patrocinados por el Departamento de Estado y la CIA. La lista es larga:

1954.- En Guatemala es derrocado el gobierno progresista del presidente Jacobo Arbenz.

1958.- Se impide el triunfo electoral de Salvador Allende en Chile.

1960.- Se aplasta en Guatemala una rebelión contra el gobierno del golpista –afín a los norteamericanos- Castillo Armas.

1961.- Se financia la invasión la Cuba revolucionaria, vía Bahía de Cochinos.

1964.- Se destinan millones de dólares para los opositores a Goulart en Brasil.

1964.- Millones de dólares para impedir, nuevamente, el triunfo de Allende en Chile.

1967.- Se organiza la persecución y asesinato de Ernesto “Che” Guevara en Bolivia.

1970.- Da apoyo para derrocar al general Torres en Bolivia.

1973.- Derroca al presidente Allende en Chile.

También, en tiempos del presidente Kennedy, se idean otras formas de asegurar la dependencia y pertenencia al bloque del “mundo libre”: la Alianza para el Progreso, mediante la cual los países pobres se endeudan adquiriendo préstamos para financiar su desarrollo (que sólo favorecen a las elites y preservar los intereses económicos norteamericanos) y los dejan en un estado de dependencia política, social y económica muy comprometida.

Se pregona a los cuatro vientos el terror stalinista; pero nada se dice de las miríadas de víctimas anónimas y públicas del anticomunismo en toda Latinoamérica a manos de dictadorzuelos avalados por el gobierno estadounidense, su CIA, su United Fruit, su Anaconda, su ITT, su EXXON, su TEXACO, su Goodyear; y sus divisas derramadas por el FMI y su BM; por su Alianza para el Progreso.

Crecen como la hierba los Strossner, los Anastasio Somoza, los Leónidas Trujillo, los Francois Duvalier, los Castillo Armas, los Hugo Banzer, los Rojas Pinilla, los Maximiliano Hernández Martínez, los Idígoras Fuentes, los Tiburcio Carías Andino, los José Antonio Remón Cantera, los Pérez Jiménez, los Fulgencio Batista, los Jorge Videla, los Augusto Pinochet.

Golpes de Estado. Plan Cóndor. Todo sea por espantar el espectro del comunismo en América Latina. Ahí adquiere validez –para Estados Unidos, desde luego- el asesinato de opositores; el exterminio de indígenas.
Y habrá que repetirlo: México no corre la misma suerte gracias al régimen político y económico instaurado al término de la Revolución, lo que le permitió mantener el control del ejército y de la principal fuente de riqueza -el petróleo- y, en corto tiempo, otras como la electricidad, el acero, los ferrocarriles, etc., bajo la rectoría del Estado.

Pero regresemos al México de la primera mitad del siglo pasado. Los gobiernos post revolucionarios, a partir del sexenio de Miguel Alemán, implantan su “Guerra Fría” interna.

Como vimos en el primer artículo de la serie, en México, de un lado se permite disimuladamente la acción de los grupúsculos de izquierda; pero al primer brote de inconformidad lo aplasta. Permite que los intelectuales y artistas, generalmente cercanos al Partido Comunista, se manifiesten libremente; mientras que, de otra parte, aloja en sus servicios de inteligencia a personajes cuasi fascistas, amén de que finge no enterarse que la CIA se infiltra en la policía y en la Secretaría de Gobernación.

Esto, a la par, es una manifestación de las divisiones en el seno del partido gobernante, el PRI.

Con la economía en manos del Estado, México alcanza niveles de crecimiento nunca vistos y la distribución permite que la población de las ciudades alcance niveles de vida mejores y educativos. Se dispara la migración del campo a las pocas urbes: Monterrey, Guadalajara y la Ciudad de México; la industria, el comercio y los servicios requieren de brazos. Hay una nueva clase media, merced al mercado interno. Es el “milagro mexicano”.

Pero, políticamente, en lo interno, ¿qué tan milagroso es el milagro? No tanto. Muy contradictorio.

Si bien México da alojo a perseguidos políticos de otros lares como son Trotzky, los republicanos españoles perseguidos por el franquismo, los cubanos sobrevivientes del Moncada, etc., ¿cómo es posible que se condene al ostracismo y la clandestinidad al Partido Comunista?; ¿cómo, que se asesine a luchadores campesinos como Rubén Jaramillo, heredero de las reivindicaciones zapatistas?; ¿cómo, que se restrinja el derecho de huelga, y se reprima a los trabajadores que reclaman ese derecho constitucional?; ¿cómo, que no se permita la mínima disidencia con el régimen?

Como arriba afirmamos: por la división –de origen- en el partido gobernante, y como efecto de la nueva correlación de fuerzas a nivel mundial en dos grandes campos económicos, sociales y políticos.

Casualmente, en la lectura de un libro del escritor mexicano Sergio Pitol, encuentro un pasaje –dicho respecto de otra realidad en tiempo y espacio distinto- que se ajusta a la situación reinante en el partido en el poder; de hecho, partido de Estado; cito:

“…Soterrados en una superficie engañosamente homogénea existían intereses varios, alianzas difícilmente concebibles y fobias y odios brutales donde se suponía una unidad monolítica.”.
Eso era el PRI, y –derivado de ello- los gobiernos post revolucionarios. Y el factor de cohesión, el depositario del poder en un régimen presidencialista que se renovaba cada seis años sin mayores conflictos, pues el sistema electoral estaba controlado por el gobierno a través de la Secretaría de Gobernación (que se ocupaba de la organización de los comicios y se erigía como colegio electoral), el propio partido y el presidente en funciones. El partido aglutinaba entre sus filas a la central obrera más poderosa (CTM), a la central campesina (CNC) y lo que dio en llamarse “sector popular” (CNOP), constituido por diversas organizaciones de comerciantes en pequeño, otorgadores de servicios, trabajadores por su cuenta y asociaciones disímbolas. Pero también, aunque no en forma de membresía, grupos empresariales que crecían al amparo del gobierno por participar en la obra pública y proveyendo a aquél de materiales e insumos diversos que requería tanto para procesos industriales, para servicios o para el enriquecimiento ilícito de una y otra parte vía corrupción. No podemos dejar de lado los factores sociales y, aun, psicológicos que la Revolución trajo consigo: si antes de ella los sectores sociales que se arrogaban los beneficios eran la aristocracia terrateniente y los prestanombres del clero -amén de la propia gerontocracia gobernante-, al “institucionalizarse” la Revolución, las clases medias y toda esa masa desheredada que surgió, liberada, de los campos mexicanos –el “peladaje”, como era nombrado por las aristocráticas buenas conciencias porfirianas- vieron en la nueva coyuntura la posibilidad de hacerse de poder y riqueza por luengo tiempo negada. Surgen fortunas de la nada (si es que por “nada” se entiende corrupción).

El país alcanza índices de crecimiento del 6 %. El carácter monopólico del Estado se acrecienta: los gobiernos del PRI, argumentando no poder cancelar fuentes de empleo, rescata empresas particulares en quiebra de todo tipo y las incorpora.

De la parte alta de los años cuarenta a los inicios de los setenta, los gobiernos se tornan autoritarios. México cubre su cuota con el imperialismo norteamericano. No se permite la disidencia. El Partido Comunista se mueve en el clandestinaje después de haber tenido una modesta tolerancia durante el periodo cardenista. Las centrales obrera y campesina, cuyos líderes se enriquecen a espaldas de sus agremiados se convierten en incondicionales del gobierno en turno. Así, al final de los años cincuenta, se forjan movimientos independientes, que culminan en huelga, de trabajadores del Estado: maestros (de escuelas públicas) y ferrocarrileros (el transporte ferroviario estaba nacionalizado). Los líderes de otros gremios afiliados a la central se habían ofrecido a formar brigadas contra los huelguistas. Contraviniendo la Constitución, se saca al ejército de los cuarteles para maniobrar los ferrocarriles. Ambos movimientos son fuertemente reprimidos y sus líderes enviados a la cárcel por años.

El otro lado de la moneda: los, entonces, futuros expedicionarios del Granma (Fidel, Raúl, Guevara, et al) caen presos de la policía política mexicana; más que nada, por cuestiones migratorias, no por sus actividades revolucionarias. No obstante que la Secretaría de Gobernación estaba enterada de las actividades y preparativos para partir hacia la isla caribeña. El político mexicano Fernando Gutiérrez Barrios, encargado durante mucho tiempo de detectar y combatir los brotes de inconformidad tenía dos visiones distintas respecto de la agitación nacional y la extranjera que se desarrollaba en el país.

No se toleraba, ya lo mencionamos, al Partido Comunista; pero en la Universidad Nacional Autónoma de México, sobre todo a principios de los años sesenta, se difundía formal e informalmente el marxismo. Se conseguía literatura marxista fácilmente.

Y va creciendo, por otro lado, la burguesía por dos vertientes. Una, la ya existente, la que vivía a expensas del gobierno, la parasitaria. Otra, la surgida de la forma clásica –llamémosla así- cuyo bastión es el norte de la república, los estados fronterizos y cuyo cimiento y pilares fueron la industria cervecera. Ambas, en determinado momento –más adelante- chocarán con el Estado Monopólico.

Para la frontera temporal de los cincuentas y los sesentas, en México existían formalmente los partidos Popular Socialista (forjado por gente de izquierda que se alejó del PRI y que a fin se convirtió en comparsa del sistema), el PAN (partido de derecha, a fin de cuentas, en ese entonces también comparsa) y el PRI, como partido de Estado que no permitía alternancia y sólo entregaba a los otros diputaciones para simular un remedo de democracia.

Llega la Revolución Cubana y con ella un sinnúmero de consecuencias que se pondrán de manifiesto en la realidad mexicana.

Pero ello será tratado en la próxima entrega.

Monday, April 14, 2008

Para Entender el hoy en la Historia (Parte 17)

CONTRIBUCIÓN
AL ESTUDIO DEL HOY EN
LA HISTORIA DE MÉXICO.

(Parte XVII)

Por: Gabriel Castillo-Herrera.

El valor histórico de la expropiación petrolera en México y el capitalismo monopolista de Estado.

El 18 de marzo de 2008, precisamente al conmemorar 70 años de la expropiación petrolera en México, el líder opositor, Andrés Manuel López Obrador, a quien la mitad de los ciudadanos considera el Presidente Legítimo de la República Mexicana, convoca a una reunión ciudadana en el Zócalo capitalino alertando a sus escuchas acerca de las intenciones privatizadoras del energético por parte del gobierno federal.

Y es que desde la segunda mitad de la administración federal anterior –ejercida también por el Partido Acción Nacional- se ha venido haciendo creer a la población que la empresa estatal PEMEX es ineficiente, propiciadora de corrupción, que no cuenta con recursos técnicos para desarrollarse ni económicos para refinanciarse, que está al borde de la quiebra y que-por tanto- es necesaria la inversión privada nacional y extranjera; que el principal pozo está en vías de agotarse y que –en cambio- el país cuenta con inmensos recursos en las profundidades del Golfo de México pero que sólo con tecnología de punta, de la que se carece, aunque las grandes empresas extranjeras poseen y que –¿acaso,“desinteresadamente”?- proporcionarían. Por todo ello urgen, en hipócrita complicidad con algunos diputados y senadores del PRI a una “reforma energética”, que no es otra cosa que regresar a manos privadas –principalmente extranjeras- la industria petrolera.

La mayoría de los argumentos, a excepción de la corrupción, son falaces. Pero la forma en que pretendieran atacar la corrupción quienes la toman de pretexto para desincorporar la industria petrolera nacional es la de un médico perverso que “curaría” a un enfermo de catarro aplicándole la eutanasia. Peor aún, ya que el virus que provoca el mal es inoculado por los altos funcionarios, como es el caso del actual Secretario de Gobernación (Ministro del Interior, como se nombra en otros países) Juan Camilo Mouriño; personaje muy cercano a Felipe Calderón, quien otorgó contratos petroleros en circunstancias oscuras y violatorias de la Constitución a empresas españolas con cuyos dueños está emparentado. Otros contratos que otorgó el propio Felipe Calderón siendo Secretario de Energía durante el gobierno de Vicente Fox se encuentran en litigio en las cortes mexicanas por encontrarse presuntamente contraviniendo la Carta Magna.

¿Cómo pueden afirmar que a PEMEX le hace falta financiamiento? Y ahí caen por tierra el resto de “argumentos”. Extraer un barril de petróleo le cuesta a PEMEX 4 dólares, el cual se vende, actualmente, a 93. Por cierto… ¿dónde quedaron los dineros de los excedentes petroleros de años pasados? Habrá que preguntar a Vicente Fox y a su parentela. La recaudación fiscal que el Estado obtiene de PEMEX es tres veces mayor que la de toda la iniciativa privada.

La opinión pública está siendo blanco de una campaña mediática –promovida, desde luego, desde instancias gubernamentales- que insiste en que debemos de explorar en aguas profundas (ya se dijo que México no cuenta con esa tecnología) porque hay peligro de que Estados Unidos y Cuba (leyó usted bien, estimado lector) podrían arrebatar subrepticiamente el gran tesoro (así lo hacen creer) mediante el “efecto popote”. “Urge la Reforma Energética” (¿reforma o re… galo?). Ahora resulta que Cuba cuenta con recursos económicos y tecnológicos y México no. Los anuncios televisivos instan: “¡Vamos por nuestro petróleo”, pero omiten aclarar que lo que proponen es cambiar el “por” sustituyéndolo con “a regalar”. Desde luego, omiten mencionar que existe la posibilidad –circunstancia viable, y no sólo viable, sino tangible- de encontrar nuevos pozos en aguas someras.

En su discurso, López Obrador hizo una corta reseña de lo que fue el capítulo histórico de la expropiación, dio algunas referencias históricas (el suegro y el hijo de Porfirio Díaz fueron accionistas de “El Águila” una de las compañías expropiadas, y Enrique Creel, de quien hablamos en el capítulo pasado, fue miembro del concejo de administración) y previno contra las intenciones privatizadoras y llamó a llevara efecto una serie de medidas organizativas de resistencia ante la inminencia de la presentación en cámaras de la iniciativa de ley que permita la intervención de capital privado nacional y extranjero en la industria.

Quienes promueven desde el gobierno y desde los sectores empresariales la burda reforma energética encajan perfectamente en lo que, a lo largo de este escrito, hemos encuadrado como mentalidad criolla. Retomemos: el hijo del conquistador español sueña con equiparar al padre, considerado hidalgo, y consigue sumar territorios a la nueva patria, la América Española, los que se suman al dominio de la Corona y le son, propiamente, arrebatados, negados; se convierte en un español de segunda categoría. Es despojado del sentido de pertenencia, de identidad. Entonces se inventa uno nuevo y cae en actitudes chovinistas: México es la nación más hermosa (privilegia a Cuatitlán, ”…pueblo inmundo…” sobre Roma); más rica (hasta simula, geográficamente, un cuerno de la abundancia); más grande que la España europea; más monumental; más católica y devota (se inventa su Patrona de América, una morena: la Virgen de Guadalupe); más piadosa (crea patronatos, hospicios y hospitales para pobres aquí y allá); más grandiosa que la metrópoli de donde provino el padre, a quien comienza a llamar, despectivamente, “gachupín”. Y se muestra orgulloso de su cultura, sus monumentos y su pasado; pero el pasado no le corresponde, no es dueño de él; le pertenece a una raza que considera inferior (la indígena) y a la que desprecia y odia, tanto como a su propio hermano bastardo: el mestizo. Toma venganza del abandono paternal; pero se ve obligado a pactar con su hermanastro la forma de arrogarse la herencia con la Independencia. Y queda aún más huérfano de origen y sentido de pertenencia. Va en busca de un padre y patria sustitutos: La Francia. Y lucha contra el hermano bastardo que no comulga con sus planes. Hoy, como en el periodo porfirista, busca a otro padre sustituto en los Estados Unidos (e irónicamente, en España); hay pretexto: la globalización. Y para congraciarse con el padre sustituto, y conseguir su aceptación, está dispuesto a entregarle los recursos y riquezas (v.gr.: el petróleo) del país del que jamás se ha sentido nativo (tierra de “indios”, en el sentido peyorativo que le ha dado a la palabra) a cambio de una renta y blasones (en aquel entonces de oropel, hoy virtuales). Y adquiere sus costumbres, sus modelos de consumo y concepto de belleza; aprende a dirigirle la palabra, en foros internacionales, en su idioma (aunque haya intérpretes disponibles); estudia en sus escuelas, y hasta envía a su esposa a parir en Estados Unidos para tener hijos “americanos” (aunque, propiamente, americanos seamos quienes hemos nacido en cualquier sitio del territorio comprendido entre Alaska y la Tierra de Fuego); hace del entretenimiento y la diversión su forma de “cultura”.

Pero volvamos. El petróleo en manos de la Nación –vía expropiación-, según se podrá inferir de lo que hemos visto con anterioridad, fue lo que hizo a México. Lo transformó de rural a urbano, de semi feudal a capitalista, de neo colonial a reafirmarse como país independiente; y, como hemos dicho, disparó la economía en su conjunto (arriba mencionamos la proporción de la recaudación con respecto a la del sector privado) mediante la reinversión de la ganancia en diversos sectores para propiciar el DESARROLLO, en el sentido estricto del término, y no sólo el crecimiento y la apropiación privada de la plusvalía como sería de estar en manos de particulares. Desde esta perspectiva, el petróleo en manos del Estado es patrimonio de todos los mexicanos, pues la apropiación de la plusvalía ha sido social.

Pido al amable lector fije su atención en el último enunciado y le insto a reflexionar: ¿qué es ello si no los cimientos sobre la que se edifica el socialismo? En caso de duda, consúltese a Marx y Engels; si persiste la duda, a Lenin, quien es más contundente sobre el particular, porque la realidad se lo demostró.

En la forma de apropiación de la plusvalía se encuentra el intríngulis del socialismo. Marx dedicó su vida a estudiar la génesis, composición, desarrollo y destino del capital –y su engendro, la plusvalía- no porque fuera un desocupado ocioso, sino porque ahí se encuentra la explicación de la misma historia humana más reciente –el capitalismo-, lo que le permitió, además, encontrar las leyes generales que rigen los cambios sociales -desde que el Hombre puso pié en la Tierra- cuyo punto central es el concepto de la lucha de clases. Pero tal lucha no se da entre “buenos y malos”, sino por la apropiación (generalmente por medios violentos) de excedentes económicos (que adopta la forma de plusvalía en el periodo histórico del capitalismo), lo cual –transpuesto en la cabeza humana- deviene ideología, y –como forma de actuar en el mundo concreto- postura política. Y más allá: determina el modo de producción.

En tiempos de la expropiación petrolera el izquierdismo revolucionario -al que Lenin tantas veces atacó refiriéndose a ese como “pequeño burgués”- también se reprodujo en México [enquistado en el Partido Comunista Mexicano de entonces, tal y como hoy se encuentra en el Partido de la Revolución Democrática –PRD- y que se identifica con la corriente–pandilla, diría yo- denominada “Los Chuchos”: Nueva Izquierda] no fue capaz de entender la valía de la acción tomada por el presidente Cárdenas porque, para ellos, don Lázaro era el representante del “gobierno burgués”. ¡Menuda perla! (así como hoy los mencionados “Chuchos” parecen más interesados en conseguir la dirección del PRD que en combatir la pretensión gubernamental de privatizar la industria petrolera). Repito: ¡menuda perla!, ¿qué “gobierno burgués” puede ser el que decide repartir la plusvalía socialmente en vez de entregar la industria a los particulares (a la burguesía) para que éstos se apropien de aquélla en forma individual?

El párrafo anterior podría parecer una anécdota; pero no lo es. No lo es porque el actual gobierno encabezado por Felipe Calderón sí que pretende ser el típico gobierno burgués; pero, heredero de la mentalidad criolla (y su “libro” El Hijo Desobediente da fe de ello), quiere instaurar un capitalismo dependiente del extranjero y conformarse con la renta; no resulta fortuito que el partido político que le da cobijo, el PAN, haya surgido precisamente un año después de la expropiación.

No es sólo una referencia anecdótica o un recurso narrativo, ya que muchos sectores de la izquierda, dentro y fuera del PRD, continúan teniendo la cabeza llena de esquematismos y confundiendo ámbitos localistas con el conjunto de la Nación. Por ejemplo: cinco –leyó usted bien- partidos comunistas sin representación y hasta el guerrillero Marcos, quien opuso su Otra Campaña a la de López Obrador, postura similar a la de aquellos izquierdistas revolucionarios que vieron en Cárdenas a un representante de la burguesía.

La Izquierda (así, con mayúscula), hay que recordarlo, nació en la Asamblea Revolucionaria en Francia como producto del pensamiento más avanzado de la época: la Ilustración. Es hija del conocimiento, de la conciencia de que nuestro mundo –y el universo mismo- está sujeto a cambios que revolucionan perennemente todos los órdenes. Que nada permanece estático así haya fuerzas de diversas índoles –materiales e ideológicas- que a ello se opongan. No adviene como producto de lo que se pueda creer o desear, sino de la certeza. De la verdad. Y las herramientas para poder descubrirla nos las dio una tradición de milenios: desde el primer ser humano que se preguntó “quién soy” hasta Hegel y que se resume en Marx y Engels al sacar la incógnita del ámbito de las ideas para plantarla en el mundo de lo concreto.

La Izquierda nace del estudio acucioso de la realidad y de los múltiples elementos que se concatenan para forjarla. Nace de la cultura, no de las suposiciones ni la franca ignorancia. Ni de esquemas; menos aún de consignas “revolucionarias”. Mucho menos de las conveniencias personales o de grupo.

Bien; en México, estas últimas, son patrimonio de la más pura tradición del mestizaje que busca sacar ventaja aliándose al criollo –o combatiéndolo, según se le presente la coyuntura- para salir de su histórica condición de ente desheredado. Oportunista. Déspota cuando tiene el poder y, cuando no, lisonjea con quien lo posee.

Y así explicaríamos lo que sucedió después: el aborto del socialismo en un país donde las condiciones estaban dadas para su instauración. A partir de la expropiación petrolera México, con su gobierno, empezó a tomar un cariz monopólico de Estado -situación que no era tan determinante aun en países bajo la esfera socialista, tras lo que dio en llamarse la Cortina de Hierro (como la antigua Checoslovaquia o Polonia)- éste atrajo para sí diversas ramas de la industria, el comercio y los servicios. Propició la distribución del ingreso nacional a través de diversos institutos de carácter social en sectores tales como el de la salud, la vivienda; reconoció y auspició la organización de obreros y campesinos y respetó los derechos de los primeros y dotó de tierras a los segundos; promovió la educación –en gratuidad una, la tecnológica, y a muy bajo costo la universitaria- a todos niveles. Y difundió el arte y la cultura haciéndola llegar a los sectores populares. (Cabe señalar que en el periodo cardenista, el Partido Comunista Mexicano gozó de cierta tolerancia y libertad de acción).

Cuando el presidente Cárdenas concluyó su encargo, institución a la que fortaleció y liberó del histórico y nefasto caudillismo, no podía hacer menos que respetar lo que había propiciado. Se retiró de todo asunto relacionado con el poder político. Sin embargo, su sucesor lo llamó para atender la cartera de Defensa Nacional cuando, a raíz del hundimiento de unos buque-tanque mexicanos provocado –según unos autores- por las potencias del Eje Berlín–Roma-Tokio, o –según otros- por submarinos estadounidenses para conseguir que México se viera obligado a involucrarse en la Segunda Guerra Mundial, como país aliado. La autoría podría caer en el terreno de las especulaciones (aunque nadie ignora de lo que son capaces instancias de espionaje e inteligencia como la CIA); pero lo cierto es que existía entonces –y poco antes- una presencia importante de organizaciones fascistas en territorio mexicano que, entre otras múltiples tareas, se encargaron de formar grupos de choque para combatir al Partido Comunista, desestabilizar al gobierno durante el episodio de la expropiación y alimentar al sinarquismo, que finalmente se refugió en el Partido Acción Nacional.

Habíamos señalado que en el partido de gobierno -el PNR callista, convertido en PRM por Cárdenas- aglutinó a todas las fuerzas otrora beligerantes para pacificar el país. Siendo así, las controversias ideológicas y de poder se dirimían en el seno del partido; el que, en la administración de Miguel Alemán, se rebautizó como Partido Revolucionario Institucional (PRI). Ahí confluían diversas -hasta disímbolas- formas de vida, corrientes de pensamiento y acción: desde lo más granado y honesto a lo más ruin y oportunista; desde la intelectualidad hasta el analfabetismo; desde la elegancia hasta lo pedestre; desde millonarios hasta lumpen. Merced a ello se forjaron instancias de poder –formal e informal- cuyo fin respondía más a la obtención personal, gremial o grupal de beneficios y canonjías que a llevar hasta sus últimas consecuencias los logros de la Revolución. Así, una de las tareas –desde luego informales- del partido era la de fungir como agencia de colocaciones para los puestos de la administración pública y organismos descentralizados como institutos y empresas del Estado.

El partido se convirtió en la Tierra de Jauja para el hermano bastardo del criollo. Ese que hizo su agosto al amparo de la larga estancia de Santanna en el poder. Ese que se benefició con la derrota y despojo de los hacendados -la aristocracia terrateniente- a la victoria del Carrancismo; individuos que el ingenio popular bautizó peyorativamente “carranclanes”.

El gobierno de Miguel Alemán frena la Reforma Agraria; echa abajo el Amparo Agrario, instrumento legal contra el despojo de tierras a los campesinos; favorece la creación de grandes fortunas particulares (entre ellas la propia) como la de su primo Casas Alemán, funcionario de su administración, con el pretexto de forjar un México nuevo, citadino.

Ciertamente, a través de varios años y administraciones posteriores, se logró preservar el carácter de capitalismo monopolista de Estado; pero se institucionaliza la corrupción, el tráfico de influencias.

Mientras, el PAN –el partido de la reacción- va haciendo su tarea: señalar los males que ocasiona el PRI; pero con la mira fija en destruir lo que para ellos constituye el verdadero enemigo: el capitalismo monopolista de Estado.

La izquierda que se encontraba en el PRM (hoy PRI) fue derrotada -y forzada a abandonar el partido, obligada o por convicción- por los cacicazgos del mestizaje y –esa sí- la burguesía parasitaria que vive a expensas del gobierno mediante contratos de obra, subrogaciones de servicios, abastecimiento, adquisición de insumos, etc..

¿La izquierda partidaria y la “independiente”?, (la de entonces y una buena parte de la actual). Atorada, la primera, en ideales “democráticos” y, la segunda, en esquemas pseudo marxistas. Sin que le pase por las mientes que el capitalismo monopolista de Estado –que es el logro más grande de la Revolución Mexicana- es, desde el punto de vista económico, la más alta aproximación a lo que se supone aspira: el socialismo. Sólo hacía falta –como hace falta hoy- un poder popular hecho gobierno.

Se me argumentará que en otros países de Latinoamérica han caído poderes populares hechos gobierno (Chile, por ejemplo); sí, ya que al carecer de la posesión, dominio y control de la economía en su conjunto o de los rubros determinantes y sin una revolución previa que se hubiera encargado de haber metido a los militares en sus cuarteles, por necesidad, fueron derrocados. En Latinoamérica la confirmación de la tesis es Cuba, aunque el camino para llegar a la meta haya sido diferente.

Lenin sabía de lo que hablaba.

Hemos alcanzado la primera mitad del siglo XX de la Historia de México, cuando el mundo –después de dos conflagraciones- se encuentra partido en dos bloques enfrascados en una lucha denominada “Guerra Fría”. Álgida situación para el país: ¿cómo conciliar lo externo con lo interno? ¿Cómo conciliar el hecho de tener como vecino a la agresiva y más poderosa potencia capitalista con el hecho de ser una nación emergida de una revolución que terminó por instaurar un capitalismo monopolista de Estado y que algunos congresistas norteamericanos –sobre todo republicanos- insistían en identificarla como “pro comunista”?

Continuaremos en la siguiente entrega.

Tuesday, March 25, 2008

Para entender la Historia de Hoy (Cap.16)

CONTRIBUCIÓN
AL ESTUDIO DEL HOY EN
LA HISTORIA DE MÉXICO.

(Parte XVI)

Por: Gabriel Castillo-Herrera.

En la entrega anterior habíamos aseverado que la Revolución se consolida durante el gobierno de Lázaro Cárdenas del Río. Ahora habrá que acercarse al porqué de tal afirmación. Habremos, también, de iniciar el cierre de los círculos que nos permitan explicarnos con mayor número de elementos –los narrativos y comentarios al margen, ya concatenados- el México de hoy.

En su oportunidad planteamos que para que México pudiera acceder a los nuevos tiempos, los vigentes al principio del siglo pasado, era menester cumplir con siete medidas; pero, como hemos visto a lo largo de esta serie de reflexiones, las condiciones para el desarrollo de una nación determinada no pueden explicarse por sí mismas, ya que forman parte de un contexto global; mucho menos en un periodo marcado por las disputas entre los países poderosos en ascenso en la fase imperialista del capitalismo como el que coincide con la Revolución Mexicana, la que –por tanto- devino antiimperialista. Y mucho menos en México, país atrasado en el que sus clases privilegiadas fueron herederas del pensamiento más retardatario porque sus legatarios europeos, españoles, así lo fueron. Mucho menos en México, país dominado militar, política y económicamente desde el exterior consecutivamente por España, Francia y Estados Unidos e Inglaterra. Mucho menos en México, el país más veces agredido, impunemente, por el imperialismo norteamericano en toda la historia mundial y al que este último debe –merced a los territorios que le arrebató al primero- gran parte de su riqueza actual (recordemos que en tales territorios abunda el petróleo, el oro y el uranio, así como tierras de cultivo; y, en otro aspecto, significaban poco más del doble de la extensión actual de México y hoy son algo menos de la tercera parte de la de Estados Unidos: Texas, California, Nuevo México, Arizona, Nevada, Utha, parte de Colorado y Wyoming). Hay algunos autores que afirman no se explicaría el poderío de este último país sin ese capítulo de la historia. Y, desde luego, si el gobierno de Porfirio Díaz no hubiera abierto sus puertas, indiscriminadamente, al capital norteamericano y al inglés, las potencias capitalistas más voraces y poderosas de entonces.

Veamos: entre finales del siglo XIX y principios del XX, el periodo que correspondió a Díaz, México constituyó el blanco principal del avasallamiento económico del imperialismo yanqui; la inversión total sumaba el 60% del total invertido en América Latina. La dictadura porfirista otorgó concesiones y privilegios excepcionales en nuevos latifundios, minas, ferrocarriles y petróleo. Por ejemplo: para la construcción de vías férreas, otorgó en gratuidad terrenos y subsidios en dinero ( de 6 a 10 mil pesos por kilómetro); para 1910, la red sumaba 15, 360 millas, de las cuales sólo 3 mil fueron construidas con capital de particulares mexicanos, el resto por extranjeros. Se entiende que la finalidad era facilitar el saqueo de los demás recursos y bienes obtenidos por el imperialismo rapaz en tierras mexicanas. Por aquellos años, la industria minera quedó casi toda en manos de compañías norteamericanas: les pertenecía el 90 % de las minas. En 1900, un empresario norteamericano de apellido Doheny compró 280,000 acres –a precio vil, 1 dólar por acre- y posteriormente adquirió –mediante despojo de tierras comunales favorecido por el gobierno de Díaz, quien usó a conveniencia de este inversionista, y otros que luego llegaron, las leyes que Juárez y la ilustre generación de liberales que le rodearon promulgaron para arrebatar el poderío económico al clero terrateniente- otros 150,000. Esas tierras, se había descubierto, eran ricos yacimientos petrolíferos, y a partir de ello se levantó el primer consorcio “mexicano” del hidrocarburo; se eximió a la compañía del pago de impuestos por un periodo de 10 años y se autorizó la importación de maquinaria y enseres para el efecto sin el correspondiente pago de aranceles. Luego llegaron nuevas empresas (Standard Oil, Half Refining, Sinclair Oil Groups), a las que se otorgó similares canongías. También arribaron las compañías inglesas (Royal Dutch and Sell), aunque antes de la Revolución el 85 % de las compañías petroleras eran norteamericanas. En 1909 se extrajeron cerca de 3 millones de barriles de crudo y, en 1911, 12.5 millones de barriles. El petróleo mexicano, ya refinado en el extranjero, inundaba el mundo; y desde luego, regresaba al país de origen. Negocio redondo.

[NB: la práctica de despojo de tierras comunales, pertenecientes principalmente a indígenas, fue una constante desde antes del arribo de las compañías: se verificaban a favor de la camarilla gobernante (los “Científicos”), de caudillos militares regionales incondicionales del régimen y familiares del presidente Díaz; así, el general Luis Terrazas, gobernador del estado de Chihuahua –de quien, en tono de broma, se decía que “…no era de Chihuahua, sino que Chihuahua era de Terrazas…”- y su yerno, Enrique Creel –por cierto, ascendiente de un recientemente frustrado aspirante a la candidatura a la presidencia (fue derrotado por Felipe Calderón) por el PAN y que actualmente es coordinador de la bancada de ese partido en el Senado- quien fue –aquél- ministro de relaciones exteriores. Y así, y de símiles formas legaloides se apadrinaron muchas otras riquezas, entre las que se pudiera contar la de la familia Madero, la del mismísimo jefe antirreeleccionista -a quien se le llama apóstol de la democracia-, familia de la que provienen otros políticos miembros del PAN en nuestros días. El asiduo lector de esta serie -amable y paciente- ya podrá ir dilucidando quiénes son y de dónde provienen los “ilustres” personajes del partido actualmente gobernante y que forman equipo con Poder Ejecutivo desde el año 2000].

Para 1910 operaban en México 32 bancos extranjeros, de los cuales los grupos financieros norteamericanos realizaban el mayor número de actividades: 64 % en ferrocarriles, 78 en la minería y 58 en la industria petrolera.

Es por ello que al estallido revolucionario Estados Unidos conspiró contra el gobierno de Madero, con las funestas consecuencias que ya relatamos; y por ello, también, las intervenciones militares en 1914 y 1916, no obstante que ya se había desatado la primera conflagración mundial, la primera gran guerra entre los países imperialistas por el reparto del mundo; o quizá por ello; aunque no prosperaron gracias a habilidosas maniobras diplomáticas de los mexicanos y que las potencias imperialistas se mostraban más interesadas por lo que estaba ocurriendo en Europa: la guerra imperialista y las revoluciones rusas de 1917, la segunda de las cuales acarrearía el surgimiento del primer Estado socialista inspirado en el marxismo. No era para menos: la sentencia del sabio alemán se concretaba: “…un fantasma recorre el mundo…”. Y ya lo recorría desde tiempo atrás; pero ahora tomaba la forma de Estado.

Mientras tanto, en México ocurría lo que en el capítulo anterior relatamos. Volvamos al punto.

Asentamos que a la muerte de Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles se convirtió en el Jefe Máximo, y que creó un partido unificador de todas las corrientes revolucionarias y –justo es decirlo- hasta de las contrarrevolucionarias a fin de pacificar un país en que se había hecho de la asonada una forma de vida. Al amparo de tal institución y con el pretexto de la pacificación y unidad a toda costa Calles devino cuasi Dios, a quien todas las fuerzas sociales y políticas debían consultar qué hacer hasta en las tareas nimias de gobierno. Y a su sombra se instalaron nuevos caciques con poderes omnímodos que dominaban sus cotos, ya fueran el sector obrero, agrario, empresarial, etc. Calles impuso en la presidencia a incondicionales, personajes a quienes la opinión pública bautizó como “presidentes nopalitos” (por lo baboso de ese cacto). Llegado el momento de una nueva sucesión (1934-1940), sugirió la candidatura de Lázaro Cárdenas, la que después quiso retirar; pero las fuerzas progresistas del partido terminaron por imponerse decidiendo a favor del joven general. Sin embargo, Plutarco Elías logró colocar a su gente en el nuevo gabinete.

Cabe señalar que si para los inicios de la revolución, el anarco sindicalismo era la guía ideológica de algunos grupos revolucionarios, en el periodo cardenista el socialismo impulsado por la Tercera Internacional era la influencia determinante en las nuevas generaciones revolucionarias.

Calles acusó a Cárdenas de estar favoreciendo a esos grupos tratando de volver la opinión pública (y desde luego, la de los empresarios nacionales y extranjeros) en contra del presidente, insinuando que era pro comunista.

El conflicto se agudiza. Don Lázaro destituye a todo el gabinete y lo reorganiza con gente de su entera confianza. Una noche se presentan en la residencia de Calles fuerzas militares con la orden presidencial de que saliera del país, suerte que corren líderes comprometidos con el Jefe Máximo, como Luis Nepomuceno Morones, secretario general de la central obrera oficialista CROM. Reorganiza el partido y lo rebautiza como PRM (Partido de la Revolución Mexicana).

Pero las conspiraciones se suceden. Mas las nuevas fuerzas se agrupan en torno del presidente. Forma una nueva central obrera, otra campesina. El ejército le da su aval, y en ese acto termina con una larga historia de levantamientos y golpes de Estado; tan larga, como la del país como nación independiente (sólo habrá una intentona, la que referiremos adelante).

En los párrafos precedentes expusimos la situación del país en relación a su sometimiento y dependencia frente a los capitales extranjeros. En especial de los consorcios petroleros. Mientras se beneficiaban de la rapaz explotación de los pozos mexicanos, pagaban sueldos misérrimos a los obreros. Uno de los derechos consignados en la Constitución de 1917 respaldaba el derecho de huelga, al que se acogieron los trabajadores. La petulancia y prepotencia de las compañías petroleras se obstinó en la negativa a aceptar el dictamen de una comisión gubernamental constituida para resolver el diferendo, comisión que determinó que las empresas sí estaban en posibilidad de incrementar los salarios demandados. Ante tal escenario, el presidente se vio obligado a decretar la expropiación de la industria petrolera y asumió la responsabilidad de ese acto histórico. Golpe al imperialismo. Pero el imperialismo tenía muchas formas de tratar de echar atrás las medidas decretadas: patrocinó un levantamiento –el último- para derrocar al presidente; un antiguo correligionario del presidente –el general Cedillo- se levantó en armas; pero fue derrotado y en el intento perdió la vida. También retiró a sus técnicos y obreros calificados. Y llevó a cabo embargos, boicots y bloqueos económicos.

Pero ya eran tiempos en que soplaban vientos de guerra, de la segunda gran guerra imperialista. Así que otras tareas tenían prioridad. México se salva de correr la misma suerte que tuvo –y sigue tendiendo- Cuba.

México supo asumir, con su presidente -el más grande después de Juárez- el compromiso de su decisión. Se trataba no sólo de rescatar para la nación –tal como lo avalaba la Constitución- los recursos del subsuelo, sino de rescatarse a sí misma como nación independiente.

La expropiación constituyó, en lo interno, la derrota de los sectores reaccionarios y entreguistas a los capitales extranjeros, (sectores que el día de hoy vuelven a hacerse del poder político). Y hacia lo externo, el cariz antiimperialista de la Revolución Mexicana.

Hay más: la expropiación se convierte en el motor disparador de toda la economía mexicana. El nuevo México se forja a partir de la industria petrolera nacionalizada: crea un mercado interno con raíces propias y, merced a la liberación de la mano de obra de las haciendas ocurrida con el estallido revolucionario –lo que constituyó lo que el marxismo llama acumulación originaria del capital- se forja –in situ- el capitalismo en México.

El acto trae como consecuencia la instauración de un capitalismo monopolista de Estado, lo que -a decir de Lenin (ver: La Catástrofe que nos Amenaza y Cómo Combatirla)- es la preparación más completa para el socialismo. No es casual; la naciente burguesía mexicana, heredera de los dineros y la mentalidad criolla (a la que hemos aludido a lo largo de estas reflexiones) hija del conquistador avasallador, acostumbrada a enriquecerse a partir de la renta, es incapaz de crear un capitalismo autóctono y deja la tarea en manos del Estado; crece a expensas de éste convirtiéndose en parasitaria, tal como continúa, con muy pocas excepciones, hasta la fecha.

Hay todavía más: se lleva a cabo la reforma agraria (anhelo de los revolucionarios del sur comandados por el ya fenecido Emiliano Zapata) a favor de la población históricamente más desfavorecida y explotada: la indígena, la que empieza a nombrarlo “Tata Lázaro” (Papá Lázaro).

También se nacionalizaron los ferrocarriles.
Una de las tareas prioritarias de la revolución era la educación de las masas; la educación básica, pues la inmensa mayoría de los nacionales era analfabeta. La tarea fue iniciada durante el periodo obregonista; pero Cárdenas la acelera cabo llevando a los profesores hasta los rincones más recónditos de la República implementando programas basados en el profesorado rural, no sin el descontento y oposición de los sectores más reaccionarios –entre ellos la Iglesia- que atentan contra la integridad física de los mentores y tilda a la educación como enemiga d las buenas costumbres, la religión y favorecedora del pensamiento comunista. De otra parte, el exilio de los españoles republicanos perseguidos por el franquismo encuentra acogida en México. Los centros de educación superior se ven beneficiados por esa pléyade de prohombres que hacen del país que los recibe su segunda patria. Igual que aquellos jesuitas españoles que antaño forjaron el pensamiento humanista y liberal en lo más granado de los independentistas y reformistas, esta nueva intelectualidad forja una nueva generación de brillantes mexicanos.

Así se consolida la Revolución Mexicana.



Thursday, March 20, 2008

Para entender la historia de hoy (Parte 15)

CONTRIBUCIÓN
AL ESTUDIO DEL HOY EN
LA HISTORIA DE MÉXICO.

(Parte XV)

Por: Gabriel Castullo-Herrera.

En el año 2000 un sector de la sociedad mexicana se engañó creyendo que México, finalmente, había logrado el gran avance histórico al expulsar al PRI de la Presidencia de la República mediante elecciones –justo es decirlo- impecables, gracias a que recién se había conseguido retirar los procesos electorales del tutelaje gubernamental merced a la creación del Instituto Federal Electoral (IFE), un organismo ciudadano imparcial (en sus orígenes). El PAN pudo alcanzar la presidencia con su abanderado: Vicente Fox, un ranchero venido a menos y empresario poco exitoso que al final de su mandato –dicho sea de paso- se convirtió en millonario. Misterios de la vida.

Por fin, se afirmaba entonces, el país había accedido a la democracia plena. El nuevo gobierno se jactaba de ello y cayó en ridículos excesos publicitarios: los medios de comunicación difundían spots –diseñados desde las instancias de la administración pública- en los que se canturreaba; “¡Gracias, Vicente Fox, por la democracia!”

Lo anterior constituye sólo una referencia con el fin de equipararla al momento en que Francisco I. Madero echó a Porfirio Díaz del poder en 1911. Con sus debidas diferencias: la llegada de Madero a la presidencia fue preludio de una tragedia (que a la postre le cegó la vida), en tanto que, la de Fox, el de una comedia bufa.

Por su condición de clase, Madero no supo más que conformarse con echar al anciano dictador y con el espejismo de la democracia; pero cerró los ojos a los problemas torales –que ya hemos mencionado- y, como se dice por ahí, “en el pecado llevó la penitencia”.

Anteriormente señalamos 7 puntos que resultaba necesario resolver para transformar el país. Tales tareas fueron las que correspondería a la Revolución Mexicana llevar a cabo. No sin vaivenes: entre avances y retrocesos; sin embargo, exitosa.

Sin embargo, hoy existen corrientes de pensamiento (es un eufemismo) que tratan de devaluar los logros de aquélla. Son las mismas mentes inmovilistas a las que nos referimos al comentar el periodo juarista; mentes ancladas en un pasado cuya simiente, seca, insisten en abonar en el presente. Mentalidad criolla educada (también es un eufemismo) en un idealismo ramplón, en un catolicismo convenenciero que cultiva los ritos y desecha el trasfondo cristiano; en la misericordiosa costumbre del limosnero (en rigor, lo es quien la da, no quien la recibe); en la dádiva, a través de los patronatos, como medio de “solucionar” la pobreza; en la creencia de que la verdadera fuente de riqueza se encuentra en la concentración de la tierra en pocas manos; en que la forma “justa” de apropiación de aquélla es la renta; en que hay gente inmensamente rica e inmensamente pobre porque así hizo Dios al mundo. Mentalidad criolla –que describimos en el apartado de la Colonia- que la Revolución se afanó en destruir; pero que hoy, con los gobiernos de 25 años a la fecha, está resurgiendo.

Volvamos al aspecto narrativo.
México, aún habiendo perdido la mitad de su territorio a manos de los Estados Unidos, cuenta con un territorio extenso con una diversidad de culturas, formas de desarrollo, origen y costumbres de sus pobladores. Fue por ello que al derrocamiento de la dictadura porfirista y la posterior caída del nuevo régimen maderista la revolución tomó diversos rumbos: existían varios intereses. Y multitud de asuntos pendientes, entre ellos el de más peso por su importancia -dada la dimensión de la población que dependía de esa rama económica- y el luengo tiempo de espera por la solución: el reparto de la tierra. Pero, además, la construcción de un México situado en el solar del presente. Inventarlo, porque el viejo liberalismo, el del siglo anterior, ya no daba soluciones.

En 1914, Victoriano Huerta abandonó el país. Venustiano Carranza se convirtió en el Primer Jefe de la revolución; en ese carácter dispuso lo que Madero no hizo: destruyó el aparato militar porfirista e hizo ver que sólo unidas las diversas facciones asegurarían el triunfo definitivo de las fuerzas renovadoras sobre los escombros del viejo régimen. Se instituyó un nuevo congreso, en el cual tampoco participaban los emisarios del porfirismo, con miras a la creación de una nueva constitución. El Rey Viejo, como lo nombra el escritor mexicano Fernando Benítez en obra homónima, pretendía asirse del poder político, a lo que las convenciones de la Ciudad de México y de Aguascalientes se opusieron nombrando un gobierno de la República en el cual Carranza no figuraba. Luego de un corto periodo, vaivén entre luchas y calma chicha, el Barón de Cuatro Ciénegas fue elegido presidente y durante su periodo se promulgó la nueva constitución (1917). Una ley fundamental que regulaba la tenencia de la tierra y la entregaba en manos de quien la trabajaba, que depositaba en manos de la nación las riquezas del subsuelo, que protegía los derechos de los trabajadores fabriles y mineros, que retiraba fueros a la milicia y al clero, y ponía en manos del Estado la educación, entre otras muchas demandas sociales –para su tiempo- visionarias, pues legislaba sobre temas que correspondían a una sociedad cuyo status México aún no alcanzaba en el terreno de lo concreto.

Sin embargo, Carranza comenzó a dar visos de no querer abandonar el poder o dejar en éste a un personero, lo que acarreó nuevas disputas entre los hombres de la revolución; los afines y los no afines. Ante ello, huyó de la capital con destino a Veracruz, pero en el trayecto se enteró que el gobernador de ese estado no lo apoyaría, por lo que interrumpió el viaje y sufrió una celada en la que perdió la vida a manos de antiguos correligionarios.

El siempre insurrecto Zapata, líder de la revolución agrarista suriana, había muerto años antes víctima de engaño fraguado por el general carrancista Pablo González.

Llega el año de 1920. Al nuevo hombre fuerte y genio militar de la revolución, Álvaro Obregón, correspondió llevar a efecto las tareas para consolidar la revolución desde la presidencia de la República: convertir al Estado mexicano no en un vigilante del proceso social, sino ser su promotor. Supo atraer hacia sí a los depositarios del zapatismo y a los líderes laborales (lo que a la larga sería uno de los lastres del movimiento obrero).

Para el siguiente periodo, que inició en 1924, es electo presidente Plutarco Elías Calles, a quien corresponde enfrentar el intento del clero por doblegar al poder político: La llamada Guerra Cristera. Ésta no es sino la respuesta de las tiaras y las sotanas ante un movimiento social que a fin de cuentas le hizo comprender que los poderes económico y político perdidos desde la Reforma juarista no les serían regresados; la nueva constitución consignaba que la educación debía ser impartida desde el Estado y debería ser laica y gratuita; había más: el viejo diferendo por el Patronato: Calles sugirió la instauración de una iglesia alejada de Roma. La clerecía azuzó a la masa católica que se levantó en armas –al grito “¡Viva Cristo Rey!”- contra el gobierno.

[NB: Cabe señalar que unas de las últimas beatificaciones y canonizaciones que Juan Pablo II otorgó en el ocaso de su vida estuvieron dirigidas hacia personajes -¿acaso instigadores?-, clérigos y seglares, cercanos a la insurrección].

Los cristeros fueron derrotados militarmente; pero su influencia ideológica –el sinarquismo, una especie de fascismo autóctono- se mantuvo vigente, hasta muy bien entrado el siglo pasado, arropada por asociaciones de tipo religioso pero de carácter violento: enemigos a muerte del laicismo y el ateísmo, y anticomunistas furibundos que actuaban desde lo clandestino contra todo movimiento social, campesino, laboral y estudiantil; contra todo lo que pudiera amenazar el statu quo, que consideran voluntad divina. Hoy uno de los grupos que recibieron tal legado –el Yunque- forma una de las corrientes del PAN, el partido de quien ejerce la primera magistratura en México: Felipe Calderón.

Obregón pretendió reelegirse y lo logró; pero no alcanzó a tomar posesión: un complot de beatos cegó su vida.

A partir de entonces, Plutarco Elías Calles se convirtió en el “Jefe Máximo”; continuó ejerciendo el poder real poniendo y quitando presidentes a su conveniencia amparado en la creación de un partido político que aglutinaba a los diversos sectores económicos que actuaban en la sociedad mexicana: el Partido Nacional Revolucionario (PNR). Así, se pretendía dar fin a las largas disputas que dominaban el escenario nacional desde la guerra de independencia. Se institucionalizaba la revolución para acabar con más de cien años de luchas intestinas (1810 – 1929).

El partido abrazaba a los sectores campesino, obrero y organizaciones que dio en llamárseles “populares” (pequeños comerciantes, profesionistas y otros). Además, se conformaba bajo un cariz unificador, pues daba alojo a los diversos grupos revolucionarios otrora en pugnas militares, políticas e ideológicas (con excepción del clero). Ello parecería una medida acertada, y en su momento lo fue; pero he aquí la otra cara de la moneda: entronó a una elite de liderzuelos emanados de las oscuras masas que repentinamente se vieron dueños de un poder inmenso; igual que a la vieja usanza. En muchos sitios de este escrito hemos aseverado que origen y herencia son destino, no sólo en lo individual sino en lo social; la institución del cacicazgo anidó en el nuevo partido y en la nueva vida nacional para incubar nuevas formas de corrupción y tráfico de influencias. Y, sin embargo, ahí convivieron con lo más avanzado del pensamiento y acción de los grandes hombres que la revolución engendró.
También dijimos que los tres grandes pilares que sostenían las instancias de poder en la Colonia fueron el jurídico, el militar y el clerical. Ninguno de los jefes revolucionarios estaba comprometido –y mucho menos pertenecía- a tales dominios. Todos fueron civiles; pero, como mencionamos al principio de este capítulo, representaban distintos intereses y partían de grupos sociales –clases- distintas.

La Revolución Mexicana contenía varias revoluciones porque sus promotores y actores tenían orígenes e ideales diversos.

Madero, Carranza, Obregón y Calles provenían del norte del país; una zona donde la ganadería y agricultura eran prósperas; el cultivo del algodón estaba de alguna manera inserto en el proceso económico de Norteamérica, al igual que la minería, que en algunos casos le pertenecía a la potencia vecina.

Madero representaba al terrateniente, más o menos educado, cansado de un gobierno dictatorial; su visión no iba más allá de la instauración de un gobierno “democrático” (tal como su descendencia –con membresía en el PAN- lo hizo en el año 2000, con la derrota electoral del PRI).

Carranza, hombre de posición económica desahogada, gobernador de su natal Coahuila ya en el ocaso porfirista; quizá el hombre que tenía más claro el camino que debía seguir la lucha: una revolución burguesa, como necesidad, desde el punto de vista histórico y filosófico.

Obregón y Calles. El primero, de ascendencia irlandesa e ingeniero; el segundo, maestro de escuela. Ambos representaban a la revolución que requerían las clases medias emergentes. El primero con un talento empírico en tácticas militares. El segundo, políticas.

La revolución de los depauperados y de los desheredados de la tierra partió de dos sitios: del norte, Francisco Villa, antiguo salteador; y del sur -una de las zonas que aún mantiene los niveles de vida más bajos y más altos de explotación en la geografía mexicana- Emiliano Zapata, ranchero y caballerango de personajes del porfirismo, quien estuvo asesorado por profesores e intelectuales forjados en el anarco sindicalismo, e ligado íntimamente a los peones acasillados de las haciendas.

Todas esas vertientes y otros poderes fácticos, económicos y militares ávidos de poder, mismo que ya para entonces era difícil tomarlo con las armas, conformaron el PNR.

Nos faltaría mencionar al hombre que vino a consolidar la Revolución Mexicana el final de la cuarta década del siglo pasado -en los albores de la segunda gran guerra entre las grandes potencias capitalistas que repercutió en todo el mundo-: Lázaro Cárdenas del Río.

Pero ello será materia de la siguiente entrega.

Monday, February 18, 2008

Para entender el México de Hoy (Parte 14)

CONTRIBUCIÓN
AL ESTUDIO DEL HOY EN
LA HISTORIA DE MÉXICO.

(Parte XIV)


La gerontocracia porfiriana empezaba a resquebrajarse. El dictador estaba por cumplir ochenta años y la sociedad mexicana se daba cuenta de que el fin del viejo gobernante se acercaba, por lo que la cercanía de las elecciones para “renovar” el gobierno a partir de 1910, hicieron crecer las expectativas de los grupos que pugnaban por una transformación social dentro de los cauces legales, mediante el sufragio.

Desde luego que eso ocupaba las mentes de las clases medias que no hallaban cabida en el medio de la administración pública y la política, pues los anacrónicos “científicos” se eternizaban en sus posiciones. Pero la mayoría de la población, y la sociedad toda, requería cambios de fondo que no los daría un simple cambio de estafeta en la primera magistratura. De ahí que para la primera década del siglo XX la inconformidad contra el sistema se hubiera acrecentado desde los diversos sectores sociales: huelgas laborales, intentos de sedición, asaltos a haciendas, conspiraciones; y la respuesta fue el incremento de la represión escondida bajo una promesa del dictador –en una entrevista concedida a un periodista norteamericano- de abandonar el poder en virtud de que México “… estaba listo para la democracia”.

En tal virtud, proliferaron los clubes y agrupaciones políticas que vieron en el anuncio una oportunidad para hacerse del poder mediante procesos electorales.

En tanto, un hombre llamado Francisco I. Madero, miembro de una familia pudiente escribió un libelo llamado La Sucesión Presidencial, en donde exponía sus ideas acerca de lo que a su juicio era necesario para modernizar la política en el país y así insertarlo en el franco camino de la democracia.

Otros personajes y grupos disidentes planteaban en sus plataformas ideológicas y de acción algo más allá de la transmisión del poder presidencial. Pertenecían a capas sociales menos favorecidas o a la intelectualidad clasemediera, y, por ende, sugerían que un cambio de poder no solucionaría los grandes y ancestrales problemas que afectaban a las grandes mayorías. Estos grupos estaban proscritos; y, aun, actuaban en forma clandestina o desde el extranjero.

No les faltaba razón. El porfiriato se había encargado de manipular las Leyes de Reforma mediante las cuales se arrebataron grandes extensiones de tierra de manos del clero otorgándolas a compañías deslindadoras, muchas de ellas extranjeras, y a terratenientes. Así -refería el economista mexicano Jesús Silva Herzog- de 1881 a 1889 se deslindaron 32 millones de hectáreas, de las cuales 27.5 se les otorgó a vil precio (aproximadamente el 13% de la superficie del país) y la nación sólo conservó 4.7 millones de hectáreas. Por inverosímil que ello parezca, las compañías deslindadoras que se apropiaron de la primera cifra estaban conformadas por tan sólo 29 individuos. Ante tal referencia, cualquier señor feudal de la Europa medieval quedaría como un simple aparcero. Una referencia más: entre 1890 y 1906, ocho individuos se hicieron, por la misma, vía, de 22.5 millones de hectáreas; dice Slva Herzog: “…hecho sin precedente en la historia de la propiedad territorial en el mundo”. Ante este escenario, no era factible un cambio de fondo con la simple remoción del gobernante, como planteaban los antirreeleccionistas. Ni la modernización planteada por el liberalismo: el régimen de propiedad lo impedía; Morelos, desde un pasado ya lejano, planteaba como solución la pequeña propiedad (por cierto, más acorde con el liberalismo). Y la terca realidad se impuso.

Conforme se acercaba el año de elecciones, se iba descubriendo el rostro de la verdad: Díaz no estaba dispuesto a dejar el poder, tan sólo a permitir el voto por la vicepresidencia; y, claro, tenía su propio candidato.

Madero forjó el Partido Antireeleccionista e inició un peregrinaje por el país para promover su candidatura presidencial, lo que a los ojos del gobierno constituyó una amenaza. Así que fue a parar a la cárcel. Y ello no hizo sino acentuar las inconformidades.

Antes de continuar con el aspecto puramente narrativo, permítanseme unas digresiones que vienen al caso. Por aquel entonces, las naciones más prósperas eran Inglaterra y los Estados Unidos de Norteamérica; debían su ascenso al liberalismo económico, escuela del pensamiento económico que derivaba de privilegiar el crecimiento a partir de lo que hoy llamamos la iniciativa privada; esto es: dejar que los miembros de la sociedad desarrollaran la productividad en las diversas ramas (comercio, industria, agricultura y servicios) sin trabas ni intervención desde las instancias de gobierno; el cual, en cambio, alentaría tales actividades otorgando facilidades arancelarias, de infraestructura, etc. Y, antes que nada, facilitando y protegiendo la PROPIEDAD PRIVADA. Viendo lo exitoso de aplicar tales providencias en los países mencionados, parecería acertado tomar medidas similares en México; por ello los “científicos” del porfiriato pusieron sus empeños en tales tareas. En aquellas naciones era relativamente fácil que miembros de la clase media pudieran ascender al siguiente estamento social, así como que miembros de la clase trabajadora pasaran a los sectores medios. Sólo que a los señores “científicos” no les pasaba por las mientes un agregado más, condición sine qua non: la libertad de los individuos; la liberación de la mano de obra que, en número abrumador, se encontraba cautiva en las haciendas; y no rozaba su pensamiento porque eran herederos de la mentalidad inmovilista del criollo: así son las cosas y así serán por los siglos de los siglos. Así, el liberalismo aplicado en México estaba cojo. Era una entelequia, puesto que las formas de propiedad permanecían estacionadas desde la colonia. El escalar posiciones dentro de la pirámide social era una ilusión; y, bien visto, también era parte de una falacia (como lo es, el neo liberalismo) en los países de donde provenían los capitales invertidos, como adelante sugeriremos.

Mientras la riqueza social permanezca constante, el enriquecimiento de los sectores privilegiados sólo es factible merced al detrimento de los sectores menos favorecidos: los pobres. Aun si la riqueza social crece, pero la forma de apropiación de la misma no permite la derrama hacia la base (como era el caso, ya que el grueso de la ganancia se iba al extranjero y las relaciones de producción impedían obtener mínimos de bienestar a la inmensa masa de desposeídos cuasi esclavizados en las haciendas), tampoco se propicia el desarrollo económico individual. Por el contrario: los peones de las haciendas, en términos relativos se empobrecían.

Arriba dijimos que los países económicamente exitosos que poseían bienes, explotaban recursos o invertían sus capitales en México brindaban, en sus respectivos países, la oportunidad de que los miembros de una clase materializaran sus anhelos de treparse a los siguientes estamentos (lo que constituía un tácito aval al sistema capitalista por parte de sus defensores) y lo calificamos como parte de una falacia; ¿por qué? Porque las economías poderosas (imperios modernos) empezaban a conformarse como economías mundiales; rebasaban los marcos nacionales. De manera que los sectores empobrecidos de los nuevos imperios no se encontraban (no se encuentran) dentro de los límites de sus países; pero sí dentro de sus procesos económicos. Las masas depauperadas derivadas de su economía –condición necesaria del capitalismo- estaban fuera de su territorio; la iniquidad y la miseria es desplazada a los países dominados.

Así, después de la incruenta lucha juarista por derrotar al invasor extranjero, durante el porfiriato México se encontraba en situación semejante a la Colonia, con la diferencia de que no había presencia política y militar extranjera; ya no eran terratenientes españoles, sino capitalistas –y también terratenientes- ingleses, norteamericanos, holandeses, franceses y alemanes. Nuevas metrópolis neo coloniales o neo imperiales ejercían su dominio no con las armas, sino con sus capitales; con el canto de unas sirenas llamadas divisas. Y se apropiaban de los recursos naturales y –como antaño los españoles- de los bienes nacionales. Y a eso el porfiriato le llamó “progreso”. Igual sucede hoy, año 2007.

A fin de cuentas, Díaz se reeligió en 1910. Madero llamó a la insurrección y el viejo Porfirio abandonó el país apenas unos cuantos meses de tomar posesión. Al poco tiempo el antirreeleccionista tomó el poder; sin embargo su mandato sería truncado. Sin haber planteado medidas que condujeran a una transformación de fondo, el imperio del norte, temiendo alguna afectación a sus intereses, se dio a la tarea de propiciar una confabulación contra su gestión desde la propia embajada norteamericana.

Francisco I. Madero se conformó (su interés había sido instaurar un régimen democrático) con haber tumbado de su pedestal al vetusto gobernante anterior, lo que trajo como consecuencia el alejamiento de otros revolucionarios -como Emiliano Zapata quien continuó insurrecto- que veían como prioritario el asunto agrario, el reparto de la tierra. Cometió el error de licenciar a sus tropas leales y mantener incólume el ejército federal, comandado por militares afectos al porfirismo, los que finalmente –comandados por un sobrino de Díaz- se levantaron en armas, lo apresaron y asesinaron junto con el vicepresidente José Ma. Pino Suárez. La cacería de brujas alcanzó a su hermano Gustavo.

Mediante argucias, un militar oportunista y felón, Victoriano Huerta, se instaló en la presidencia. Entonces se generalizó la insurrección. Ya no se trataba de una lucha por derrocar a quien se encontraba, de facto, en el poder: se planteaba llevar a cabo las profundas y necesarias transformaciones económicas y sociales que satisficieran las exigencias de diversos sectores sociales provenientes de distintas clases sociales; de intereses materiales e ideológicos plurales. Pero, ante todo, de terminar con estado generalizado de hambre, pobreza e injusticias. Una verdadera revolución que respondiera a los reclamos de los sectores ancestralmente marginados en un país eminentemente agrario: el reparto de la tierra.

No se puede soslayar el reclamo generalizado de justicia social; pero sucedió que las formas de propiedad –largamente contenidas- dejaron de corresponderse con las fuerzas productivas e impedían el desarrollo de las instancias sociales desde su propia estructura. La Revolución Mexicana devino no como producto de factores ideológicos, sino como necesidad de la materialidad. No surgió de la cabeza de hombres brillantes, sino del estómago –vacío- de las masas.

Nuevamente, la coyuntura internacional –las potencias se encontraban ocupadas en los umbrales de la Primera Guerra Mundial y las revoluciones rusas contra el zarismo- permitió a México llevar a cabo medidas, incluso, en contra de los intereses imperiales. Lo veremos adelante.



Monday, January 21, 2008

Para entender el México de Hoy (Parte 13)

CONTRIBUCIÓN
AL ESTUDIO DEL HOY EN
LA HISTORIA DE MÉXICO

(Parte XIII)

Por: Gabriel Castillo-Herrera.

El Porfiriato (1877 – 1911) es, quizá, desde la perspectiva económica, el periodo que más se parece a los recientes 25 años de la historia de México. Y, más allá, en lo político, salvo porque en aquellos años la primera magistratura del país fue ejercida por una sola persona (con excepción de un breve lapso de 4 años): Porfirio Díaz.

Surgido de las masas depauperadas de la sociedad la fortuna le empuja a conocer a su coterráneo Benito Juárez y ponerse a su servicio como dirigente de grupos guerrilleros en contra de los conservadores y –luego- de los invasores franceses.

Hombre de escasa cultura y preparación contaba con el talento de las armas y estrategias guerrilleras, por lo que descolló –inclusive- frente a militares de carrera partidarios de los liberales, lo que le acarreó simpatías populares al grado de que, habiendo concluido la guerra contra la intervención francesa, en las elecciones presidenciales para 1871 no hubo triunfador por mayoría absoluta; los candidatos fueron: Benito Juárez, Sebastián Lerdo de Tejada y el aludido. El asunto tuvo que definirse en el congreso, quien votó por el Benemérito.

Díaz, inconforme, se contrapuso a su mentor: se levantó en armas; pero con poca suerte, ya que sus seguidores no pudieron hacer frente a las fuerzas del gobierno. Sin embargo, fue indultado y se marchó a la vida privada al frente de un taller de carpintería.

El 18 de julio de 1872 muere Juárez en el encargo presidencial. El presidente interino, Lerdo de Tejada, continuador de la política liberal, es quien decreta el indulto que permitió al general acogerse al mismo.

Intuyendo que Lerdo intentaría reelegirse en 1876, Díaz vuelve a la insurrección; pero esta vez derroca al gobierno. Finalmente, al año siguiente logra sentarse en la silla presidencial mediante el voto e inicia una feroz purga de lerdistas (a la postre, juaristas).

El gobierno de los Estados Unidos no ve con buenos ojos la instauración de un gobierno mexicano surgido desde un golpe de Estado; sin embargo Díaz emprende a lo largo de su mandato –no sin una incruenta “limpia” de lerdistas- una serie de medidas para “pacificar” el país y una política con la que “sanea” la economía amparado en una serie de concesiones al capital extranjero –principalmente provenientes de Inglaterra y Norteamérica- con la que termina por adquirir el reconocimiento de las potencias. Va dejando atrás su imagen de hombre rústico y se disfraza de elegancia; se rodea de profesionistas egresados de las mejores escuelas de Europa, nacidos en el seno de la aristocracia a quienes se conoce como “Los Científicos”, para echar andar su proyecto modernizador.

Suena conocido. Un discurso cuyo eco rebota en las paredes del hoy, sin que uno pueda explicarse cómo es que México no termine por ponerse al día si tal era la solución planteada tanto entonces como ahora.
La propuesta consistía en forjar una nueva clase social, a manera de lo que ocurría en el mundo desarrollado, que pugnara por echar a andar la industria, el comercio, la banca, la agricultura bajo los nuevos cánones: el capitalismo. Pero como en el país no existían ni estructural ni superestructuralmente las condiciones para que ello ocurriera, la tarea se dejó en manos extranjeras. Al sector pudiente nacional se dejó –porque era el único ámbito económico que conocían desde la Colonia- el sector agropecuario; pero las relaciones de producción distaban mucho de las formas capitalistas: se desarrollaron grandes haciendas bajo un régimen de explotación de la mano de obra que en nada difería –porque, también, era lo que único que los grandes terratenientes conocían- del de las encomiendas coloniales marcadas por el vasallaje; más aún, por una esclavitud poco disimulada.

Y recordemos, como se dijo, que el 80% de la población mexicana vivía de las actividades del campo.

La situación de los trabajadores del campo difería tan sólo un poco de las de otras sectores. Los obreros textiles y mineros eran sujetos a jornadas de trabajo extenuantes y bajos salarios que recuerdan los relatos de Engels en La situación de la Clase Obrera en Inglaterra. Cualquier brote de inconformidad laboral era reprimido con las armas. Se institucionalizaron formas de represión brutales como las deportaciones; estas fueron practicadas, principalmente, contra las insurrecciones indígenas; así, a los rebeldes capturados en la zona norte del país –zonas de frío intenso- se les enviaba a servir en haciendas del sureste en donde el clima caluroso; y a la inversa, con el agravante de dispersión de las familias.

Así pues, la “paz social” del porfiriato era ficticia; fue una violencia social institucionalizada.

Las medidas económicas tendientes a la “modernización”, se decía -como hoy- aseguraban el progreso, pues eran similares a las puestas en práctica en los países desarrollados. Sí, puede ser, pero se olvida que los países desarrollados no tenían la carga de dar trabajo y de comer a millones de seres –principalmente indígenas-ancestralmente desposeídos y explotados como era el caso de México (y de todas las colonias de la América indígena donde no se exterminó a la población); un país que –como dijo Abad y Queipo- estaba marcado por la diferencia entre quienes “…todo lo tienen y los que nada tienen”.

Así, de contar con un solo ferrocarril cuyas vías férreas sumaban 460 kilómetros, el porfirismo construyó toda una red de 19,000. Se creó una infraestructura portuaria extensa. La economía creció como nunca antes; pero el reparto de la riqueza, la distribución, continuó igual; y, en términos relativos, peor; ya que en las haciendas agrícolas se instituyó un régimen –en sí un modo de producción- de sujeción de la mano de obra mediante el endeudamiento de los trabajadores, mediante las tiendas de raya, mismo que se heredaba a las generaciones posteriores.

Sin discriminar el aspecto injusto de tales medidas, es de resaltar que la inequidad en el proceso de distribución frenaba el proceso capitalista en su conjunto, pues no fue capaz de crear un mercado interno que lo favoreciera. A final de cuentas, a los señores aristócratas mexicanos dueños del dinero no les interesaba entonces –como tampoco hoy- la reproducción del capital, sino la renta. La ganancia segura, sin riesgo, que permitió al capital extranjero sacar ventaja y apoderarse de los bienes de la Nación, dejando para México –sí- crecimiento económico. Pero crecimiento es diferente de desarrollo; la plusvalía se fugaba para financiar el desarrollo de los imperios y la renta quedaba en las manos de unos cuantos conacionales que formaban una elite (cuyas ganancias –inclusive- gastaban adquiriendo bienes suntuarios en el extranjero).

Tal era la propuesta económica de la camarilla de “científicos” (que no difiere en mucho de la que hoy plantean los “tecnócratas” neoliberales en el poder) que dirigía la economía del país, la cual se sostenía política y militarmente en un régimen autoritario que no permitía sino la elección del vicepresidente.

El sistema tenía que reventar por alguna senda; y fue precisamente el sistema electoral el pivote por el que lo haría, como luego veremos. La sociedad estaba cansada de un vetusto gobernante; anhelaba una nueva perspectiva.

En 1910, Porfirio Díaz encabezó los festejos del centenario del inicio de la Independencia. Pero… ¿de qué independencia se trataba si se él se encargó de entregarla al capital allende las fronteras? (Tal como hoy sucede con el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica).

¿Cuáles eran las condiciones para un virtual advenimiento de una nueva sociedad, basada en un nuevo modo de producción? Nadie lo propuso; nadie hablaba de “burguesía” y “proletariado” (acaso sólo los anarquistas autóctonos, más como imitación extralógica y fuera de contexto que como circunstancia real). La necesidad se manifestaba de otras formas, aún desligadas entre sí. Las condiciones para la llegada del capitalismo eran:
1.- Un Estado nacional, el cual ya se había dibujado durante el juarismo con la República Restaurada.

2.- Desarrollo de fuerzas productivas, pues las existentes ya no “cabían” en la organización económica de la sociedad.

3.- Un gobierno “democrático”, elegible y renovable; lo cual sería la siguiente tarea. Esta necesidad se planteaba, fuera de su contexto económico, como una fórmula que se practicaba en los países desarrollados y dado que Díaz llevaba más de 30 años en el poder.

4.- Medios de producción en propiedad privada, no en usufructo, y leyes que la protejan; para concretarse debían complementarse con el siguiente punto.

5.- Mano de obra libre y despojada de toda propiedad, y leyes laborales que la protejan contra el abuso. Esta necesidad se planteaba, también, aparte de su contexto económico, como un acto de justicia para con los millones de seres que vivían en condiciones infrahumanas y de sobreexplotación en las haciendas.

6.- Un solo órgano que detentara la fuerza institucionalizada (un ejército único) que asegurara el orden para que el nuevo sistema pudiera desarrollarse. Esta necesidad se manifestó hasta cuando el nuevo sistema tomó visos de predominancia para que no hubiera grupos armados bajo las órdenes de caciques y jefes militares que pusieran en riesgo la estabilidad del Estado y para proteger la propiedad privada y no los intereses de los poderes informales, como había ocurrido a lo largo de la historia, desde tiempos inmediatos a la consumación de la Independencia.

7.- La creación de un mercado interno amplio.

Hay historiadores que sitúan la génesis de la nueva sociedad en México en el porfiriato porque existía una incipiente industria y se construyeron líneas ferroviarias (un indicador claro, al juicio de quienes asumen esa teoría); otros, inclusive, hacen notar que en la Colonia ya existía una producción agrícola y minera destinada al mercado. No comparto esos criterios, ya que las formas capitalistas que pudieron existir eran producto del desarrollo, en ese sentido, de las economías más allá de nuestras fronteras: primero la colonial precapitalista (sostenida, curiosamente, por la potencia europea que más tardó en situarse dentro del capitalismo: España, que al momento de la Conquista no había alcanzado, plenamente, su condición de nación); luego la francesa; y, posteriormente, la imperial inglesa, la alemana, la holandesa y la norteamericana. No era capitalismo propio ni sistema económico dominante, sino producto del expansionismo económico, político y militar de las grandes potencias.

Era obligado cumplimentar, dentro del marco de la nación, los procesos arriba enumerados (algunos de los cuales se llevaron a efecto ya bien entrado el Siglo XX) para que el capitalismo se afincara con carácter de modo productivo dominante. Tan sólo la acumulación originaria del capital se produce durante los primeros años de la Revolución como resultado de la liberación de la mano de obra que se encontraba cautiva en las haciendas bajo el sistema de peonaje, el cual mostraba –como ya dijimos- similitudes con formas precapitalistas como son el feudalismo -e, incluso, la esclavitud- aunque con particularidades condicionadas por tiempo y espacio.

En la próxima entrega iniciaremos con el comentario de la Revolución Mexicana de 1910.





Wednesday, December 26, 2007

Para entender el México de Hoy (Parte 12)

CONTRIBUCIÓN
AL ESTUDIO DEL HOY EN
LA HISTORIA DE MÉXICO

(Parte XII)

Por: Gabriel Castillo-Herrera.

Existe, en nuestros días, una corriente de pensamiento (intelectualillos e intelectualotes que tratan de congraciarse con el actual gobierno) que intenta “desmitificar” la Historia de México porque –según ellos- ha sido escrita con el único ánimo de dignificar y justificar el sistema (al que el escritor Mario Vargas Llosa nombra “Dictadura Perfecta”), implantado por el Partido Revolucionario Institucional (PRI), que gobernó México desde los primeros tiempos post revolucionarios –finales de los años veinte del siglo pasado- hasta el año 2000. Argumentan que este partido manipuló los hechos pasados con el fin de hacer creer que su instituto político era el heredero de las luchas libertarias habidas desde la Independencia. Con este fin –también, según ellos- se mitificó a los héroes sin verlos como “hombres de carne y hueso” en grado tal que se les inventaron virtudes que no tenían y se escondieron sus grandes defectos. Se forjó una falsa historia de “buenos y malos”.

Bajo tales premisas, pretenden –una vez más, según ellos- poner en su justa dimensión a los personajes del pasado mexicano. Así, insinúan que Agustín de Iturbide debe ser reivindicado porque fue quien consumó la Independencia; pero muestran disimulo ante los motivos y repercusiones del asunto: erigirse como emperador y perpetuar un sistema de privilegios que favorecían al clero, a la milicia y al sistema judicial, además de reafirmar el esquema económico vigente en la Colonia –pero sin metrópoli- que beneficiara a los criollos. También arguyen que Maximiliano era, en realidad, un hombre de ideario liberal y que pretendía –como lo juró en Miramar- defender la independencia y velar por la integridad del territorio nacional; sí, pero -convirtiéndose en un instrumento al servicio de Napoleón III-, vino con un ejército invasor; decidió unir su destino a los usurpadores del legítimo gobierno mexicano, quienes crearon otro de facto, y decretó perseguir a los liberales por considerarlos gavilleros. A nadie en su sano juicio se le ocurriría elevar a Santa Anna, sin embargo, hay quien sugiere que fue “víctima de las circunstancias” de su tiempo; nomás que la mayoría de las “circunstancias” fueron creadas por él mismo y por el clero, al que favorecía con sus fuerzas militares -y sus múltiples administraciones- y decisiones gubernamentales. Pretenden justificar el que Porfirio Díaz –de quien hablaremos adelante- instaurara un régimen de “mucha administración y poca política” que pacificó el país y lo situó “en la senda del progreso” durante los 30 años de su mandato (a la muerte de Juárez y con un golpe de Estado a su sucesor, Sebastián Lerdo de Tejada, no sin antes haberlo intentado y fracasado contra aquél); pero parecen olvidar que lo hizo regresando a la Iglesia posesiones bajo el engañoso sistema de “presta nombres”, hipotecando el futuro de generaciones enteras mediante nuevos empréstitos e “inversiones” extranjeras, fortaleciendo el hacendismo (régimen económico de carácter feudal con tintes esclavistas) e imponiendo una paz –más bien, ejerció una violencia social institucionalizada- basada en matanzas de indígenas alzados, obreros textiles y mineros.

Pero la ofensiva “neo cangreja” (quien haya seguido el curso de estas reflexiones entenderá que me refiero a los nuevos conservadores, los que hoy gobiernan México) no se detiene aquí. Ahora tratan de minimizar la estatura de Juárez afirmando que se trataba de un personaje enfermo de poder; que extendió su mandato, no por una necesidad histórica de coyuntura, sino por ansia dictatorial que redundó en que algunos de sus compañeros de ideario y acción se alejaran de él (Melchor Ocampo, Guillermo Prieto) e, incluso, se confabularan contra su gobierno (como el mismo Porfirio Díaz, pieza clave en la guerra contra el Segundo Imperio; como González Ortega, vencedor en la Guerra de Tres Años). Se le tacha de necio por no haber querido dialogar con Maximiliano y por haberlo fusilado (hay quien llama al acto “asesinato”, no obstante que el Habsburgo estuvo sujeto a un consejo de guerra que lo condenó a tal suerte). Y, claro, se hace burla de las leyendas –si se quiere, un tanto fantasiosas y románticas; pero no por ello menos ponderables- que se han creado en torno a su infancia humilde y a su origen indígena, lanzando epítetos cercanos a aquellos con los que se expresó Santa Anna del Benemérito.

Más allá de lo que se dice y escribe, en la práctica, durante la presidencia del maoísta Salinas de Gortari se entablaron relaciones diplomáticas con el Vaticano; su sucesor, Ernesto Zedillo, tránsfuga del marxismo y entonces Secretario (ministro) de Educación, comenzó esa “revisión” de la Historia de México. Hoy, la enseñanza básica de esa materia en las escuelas que dependen del Estado es deficiente y casi nula; eso sí, se hace casi una apología del “avance democrático” que se ha gestado en el país a partir del año 2000, con el arribo a la Primera Magistratura de Vicente Fox, quien desde los primeros días de su gobierno manifestó sin ningún decoro que el suyo era de empresarios y para empresarios, lo que en un país en donde la pobreza extrema suma millones es un verdadero insulto a la población; por añadidura, el señor revivió aquella costumbre de acudir a dar gracias al Altísimo por haber ascendido al poder, con el beneplácito de la alta jerarquía religiosa mexicana. Se dice que un pueblo que olvida su historia está condenado a repetir los mismos errores; peor, digo yo, si ese pueblo la ignora. Quizá parezca un exceso el que este autor critique la reanudación de relaciones con la Santa Sede; pero habría que voltear los ojos hacia lo concreto: desde entonces, el clero mexicano se ha venido fortaleciendo políticamente; se expresa sin empacho sobre asuntos de Estado; y no sólo de palabra, sino de hecho: fueron capaces de considerar como crimen de Estado el asesinato –a manos de los señores del narcotráfico- del cardenal Posadas (¿de un Estado que les restituyó el poder?); de condenar la actuación del obispo Samuel Ramos (uno de los pocos clérigos que levantan la voz contra el sistema) en el apaciguamiento y negociación del estallido guerrillero en Chiapas (se sugirió que él había sido el instigador del movimiento); de promover un llamado de atención papal al obispo Raúl Vera (otro de esos pocos) por condenar y señalar violaciones a los derechos humanos de luchadores sociales, trabajadores mineros, indígenas y migrantes, además de que ha insistido en el peligro que representa la cercanía del actual presidente, Felipe Calderón con en ejército (ha advertido la posibilidad de una dictadura); de azuzar –desde el mismo arzobispado- a las masas católicas contra el movimiento lopezobradorista (como lo relatamos en un apartado anterior); y –nada más y cada menos- de presionar para modificar la Constitución en lo tocante a la relación Iglesia – Estado: están pugnando por participar abiertamente en política y por que la enseñanza proporcionada por el Estado incluya clases de catecismo. De modo que no se trata aquí de atacar un asunto de fe sino político, social e histórico. Intentan destruir el Estado Laico que rige desde las leyes de Reforma impulsadas por los liberales –cuya cabeza fue Juárez- como producto de aquella, ya referida, Revolución de Ayutla.

La dirección correcta que debe seguir la Historia, según estos revisionistas, es hacia atrás; hacia el pasado. Más aún: intentan hacer creer que eso que llaman “estabilidad” (que en primer instancia es conservadurismo y en última, reacción) es “progreso”; que las luchas por situar a México en el presente han sido inútiles. Recientemente, el escritor (reputado como “intelectual”) Héctor Aguilar Camín, llegó al extremo de decir en una mesa de discusión televisada –en la que no hubo discusión, por cierto- que “las revoluciones han sido un fracaso”. Habría que decir, en base a la simple observación del pasado, que las revoluciones –aquí y en China, como en todo el universo- se han encargado de derrocar los viejos órdenes, en todos sentidos, para instaurar los nuevos, los acordes con las condiciones que privan aquí y ahora en el entorno del que se trate. Imagine el lector qué hubiera sido de la humanidad –y del mismo cosmos- sin revoluciones: en lo inmediato, seguiríamos siendo labriegos esclavizados; en lo mediato, cavernícolas; en lo remoto, simios; y en lo non plus ultra, no existiría planeta Tierra, Vía Láctea, ni Universo. Si se gestan como producto de la violencia, es porque hay resistencias físicas al cambio (las que traspuestas en la cabeza del Hombre devienen ideología). Resistencias que, independientemente de la voluntad y hasta de la fuerza, han sido, son y serán vencidas. Tal es la dialéctica de la Historia. Es la Dialéctica de la Naturaleza. Es la fuerza de la necesidad.

Esas revoluciones también han transformado el producto más desarrollado de la materia: el pensamiento. Sin embargo, estos ilustres émulos de Lucas Alamán pretenden creer y hacer creer que lo vigente en ese terreno son las ideas plasmadas hace más de 2000 años en la filosofía de Platón (que, necio sería dudarlo, en ese entonces significaron una revolución respecto de las concepciones anteriores) cuando las ciencias particulares apenas empezaban a independizarse de la Filosofía. Quieren seguir separando el mundo de las ideas del de la materialidad, como si Aristóteles no hubiera existido.

Para ellos, Darwin, Marx, Engels y Freud tampoco existieron.

Esa fiebre que hizo presa de multitud de mexicanos en el año 2000 derivada de la enfermedad de la “democratitis” (mal que consiste en exacerbar la euforia por haber creído que la derrota del PRI en las urnas significaba un avance) y que dio paso al ascenso del Partido Acción Nacional (PAN), después de 6 años está derivando en trastornos depresivos (lo digo en tono de sarcasmo). Se ha convertido en desencanto al atestiguar que el promotor del “cambio” y de esos avances “democráticos” –Vicente Fox- resultó ser un continuador de las políticas económicas de sus dos antecesores priístas y de las prácticas nefastas que tanto se criticaban de los gobiernos de la “Dictadura Perfecta”: el tráfico de influencias, el enriquecimiento de los personajes en el poder –incluido el suyo y el de allegados- y el desentendimiento ante la corrupción e impunidad. Y muchas sutilezas más, como el fortalecer a sectores políticos e ideológicos de corte sinarquista (fascista) dentro de su partido y en la sociedad. De dirigir la economía a favorecer –como afirmó- a los empresarios –a ciertos grupos- acostumbrados a vivir a expensas del gobierno: parásitos que desde luego se convirtieron en incondicionales que pusieron todos sus oficios y recursos a emprender una campaña de descrédito hacia el candidato a la presidencia por el Partido de la Revolución Democrática (PRD) Andrés Manuel López Obrador en el 2006 y en favor de la continuidad personificada por Felipe Calderón.

Bien, si el gobierno juarista se encargó de retirar fueros y privilegios al clero y a la milicia, estos dos personajes de la reacción –Fox y Calderón, respectivamente- se han encargado de devolvérselos. Y aquí se confirma aquello de que los pueblos que olvidan –o ignoran- su historia, están condenados a repetir sus errores. Si la mayoría de los mexicanos conociera la historia hubiera sabido que votar por el PAN en el 2000 era –inclusive- peor que hacerlo por el PRI, pues aquel partido es el heredero del conservadurismo y, más allá, descendiente directo del criollaje retardatario; el mismo que entronizó a Iturbide, el que se sirvió de Santa Anna, el que trajo a Maximiliano, el que se sirvió –también- de la dictadura porfirista (como veremos).

Lo que quieren hacer los “desmitificadores” de la Historia de México es deformarla, por franca conveniencia o por ignorancia; ignorancia que ocultan tras títulos y diplomas, obtenidos generalmente en el extranjero, que los acredita como especialistas en tal o cual materia, pero que los hace perder la visión de la diversidad, de la universalidad; aunque les da la oportunidad de impresionar al neófito: “En su libro Tal el politólogo norteamericano Fulanow D. Talowsky afirma que en México…”. Bien, pero… ¿qué dicen los autores y documentos mexicanos? ¿Cuál método utilizan para sus análisis históricos?, ¿la lectura del inglés?
Discúlpeseme la ironía.

Aquí cerramos el primer círculo o tramo de la espiral histórica de México. Continuaremos con una suerte de interludio –de 30 años, la dictadura de Porfirio Díaz- que desembocará en el movimiento que produjo el tardío arribo del país al modo de producción capitalista: La Revolución Mexicana (1910) que, se considera, fue la primera del siglo pasado cuyo objetivo era implantar la justicia social. Este periodo se encuentra íntimamente imbricado con la realidad mexicana del hoy.